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Pipo, el pequeño detective

Había una vez un niño llamado Pipo que solo tenía un deseo: una lupa de detective. Pero no se lo había dicho a nadie. Pipo le había pedido la lupa a Papá Noel, a los Reyes Magos e incluso al Ratoncito Pérez, aunque todavía no se le había caído ningún diente. Pero la lupa nunca llegó.

Al ver que no conseguía su lupa así, Pipo decidió pedirle la lupa a sus papás por su quinto cumpleaños. Pero tampoco hubo suerte. Sus padres le regalaron muchas cosas, pero no se acordaron de la lupa.

Cuando Pipo terminó de abrir los regalos y vio que no había ninguna lupa se enfadó muchísimo. Cuando se le pasó un poco el enfado se plantó delante de sus padres y les dijo:

-¿Por qué todo el mundo se hace el loco cuando digo que quiero una lupa de detective? ¡Es que nadie se da cuenta de que necesito esa lupa para cumplir mis sueños!

Sus padres se miraron entre ellos.

-Una lupa -dijo papá-. Vaya, vaya, dónde puedo tener yo una lupa.

-Papá, no te hagas el tonto -dijo Pipo.

-¿Te refieres a la lupa que… esa lupa… la lupa de…? -dijo mamá, haciendo gestos raros a papá.

-¿Qué está pasando aquí? -interrumpió Pipo.

-Nada, Pipo, es que hace tiempo que papá no sabe nada de una vieja lupa que heredó de su abuelo, una lupa muy especial -dijo mamá.

-Te ayudaré a buscarla, papi -dijo Pipo-. Pero, ¿cómo voy a investigar sin lupa? Todos los detectives que se precian tienen una lupa.

-Pues nada, esperaremos a que la lupa salga sola de su escondite -dijo papá.

-Aunque, pensándolo bien, si un buen detective pierde su lupa sigue haciendo su trabajo, ¿no? -dijo Pipo-. No se van a escapar los malos solo porque el detective haya perdido su lupa.

-No sé yo, Pipo -dijo mamá-. La lupa es importante.

-No tanto como una buena cabeza -dijo Pipo-. Para buscar pistas primero hay que pensar dónde pueden encontrarse. A ver, papá, cuéntame cuándo fue la última vez que viste esa lupa.

-No sé, hace mucho que no la veo. Pero recuerdo que junto a ella había una caja antigua con una llave dorada y un pisapapeles verde -dijo papá.

-El pisapapeles está encima de una estantería en tu despacho, querido -dijo mamá.

-Entonces la lupa no estará lejos -dijo Pipo-. Vamos buscar.

Cuando llegaron al despacho papá cogió el pisapapeles. Justo detrás estaba la caja con la llave.

-Parece que alguien se ha tomado muchas molestias por quitar la caja de la vista -dijo Pipo-. ¿Qué hay dentro de la caja?

-No sé, voy a mirar -dijo papá.

Papá abrió la caja. Pipo se puso muy contento.

-Mira, papá, la vieja lupa de tu abuelo -dijo el niño-. La hemos encontrado.

-Y no nos ha hecho falta una lupa para hacerlo -dijo papá.

-Tienes razón, papá -dijo Pipo-. Tener una lupa no te convierte en detective, sino la capacidad para observar y deducir.

-Entonces, ¿no quieres la lupa? -preguntó papá.

-No, he visto que no la necesito -dijo Pipo-. Pero déjala cerca, por si acaso algún día la necesito para buscar algo.

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